Se me va la cabeza, con los recuerdos. Se me deshace el estómago, se convierte en un cielo nocturno repleto de estrellas punzantes, que son agujeros infinitos, pozos de vértigo.
El cabello brillante, oscuro, le caía por los hombros, anchos, hasta la mitad de la espalda. Lo llevaba un poco desordenado, como si hiciera bastantes horas que no se peinaba. De vez en cuando se lo arreglaba con un gesto espontáneo de la mano, se lo tiraba hacia atrás acompañandose de una suave inclinación de la cabeza.
El dolor es algo extraño e imprevisto. Duele lo que se tiene y lo que no. Y cuando duele del todo, casi siempre sobreviene la risa.
Te pica la materia gris, y en lugar de rascártela, te ries para organizarla de nuevo, para organizarla a su propio orden.
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